Por Juan José Salas Mancinas
La noticia cayó como un balde de agua fría en la delegación mexicana: Sarah Schleper, la veterana que ha cargado con la bandera de México en las montañas más exigentes del mundo, quedó fuera de la final de Slalom Gigante en los Juegos Olímpicos de Invierno 2026 tras ser descalificada.
A sus 46 años, Schleper no solo competía contra el cronómetro y las mejores esquiadoras del planeta; competía contra el tiempo y la falta de un sistema sólido que respalde los deportes invernales en nuestro país. Su descalificación es más que un error técnico en la pista; es el cierre de un ciclo que nos obliga a mirar la realidad de frente.
¿Qué ocurrió en ese descenso? En el deporte de alta montaña, el margen de error es mínimo. Un esquí mal colocado o una puerta saltada por milímetros pueden tirar a la basura años de preparación. Pero más allá de la falla en la nieve, queda la pregunta incómoda: ¿qué sigue para México en el hielo?.
Schleper ha sido una guerrera solitaria. Su ausencia en la final nos deja un hueco difícil de llenar y pone sobre la mesa la urgencia de dejar de depender de esfuerzos individuales heroicos. México tiene talento, pero mientras los atletas de invierno sigan siendo “excepciones a la regla”, los resultados seguirán dependiendo de un hilo tan delgado como el que se rompió hoy en la pista.
Es un día triste para el deporte nacional, pero también es una oportunidad para reflexionar sobre la estructura que enviamos a competir al más alto nivel. Sarah hizo su parte; ahora le toca a las instituciones hacer la suya.
