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Por: Juan José Salas Mancinas

Mazatlán es una ciudad de contrastes: las luces neón del malecón y la oscuridad de sus callejones; la alegría del turista y el silencio de las familias que buscan. Hoy, ese contraste se vuelve insoportable. Este 5 de marzo se cumplen 150 días —cinco meses exactos— desde que el joven duranguense Carlos Emilio fue visto por última vez en un establecimiento nocturno del puerto.

Este caso no es solo una nota roja. Es la radiografía de un sistema que le falla a sus jóvenes. Los 150 días representan miles de horas de angustia para una madre, un padre y una comunidad entera que se niega a que el nombre de Carlos Emilio sea borrado por la marea del olvido.

 entonces, el caso ha transitado por los pasillos del poder sinaloense, perdiéndose entre sombras burocráticas y una alarmante falta de resultados que hoy, más que nunca, huele a impunidad.

El Poder del Silencio

En un destino turístico como Mazatlán, la narrativa oficial suele priorizar la “buena imagen”. Sin embargo, el costo de esa estética ha sido el silencio. A cinco meses de la desaparición, la Fiscalía General del Estado de Sinaloa no ha podido —o no ha querido— presentar a un solo responsable.

¿Cómo es posible que en una zona de alta vigilancia, rodeada de cámaras y seguridad privada, un joven desaparezca sin dejar rastro? Las sombras del poder parecen cubrir los huecos de una investigación que se siente estancada, mientras en Durango, la indignación ha pasado de los susurros a los gritos de justicia.

Las Sombras de la Impunidad

La desaparición de Carlos Emilio pone sobre la mesa una realidad incómoda: la vulnerabilidad del visitante. Mientras los discursos oficiales hablan de “puertos seguros”, la realidad para la familia de Carlos es una carpeta de investigación que acumula polvo pero no evidencias.

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