Por Juan José Salas Mancinas
Ver al lobo mexicano regresar a los bosques de Durango después de más de 50 años es un recordatorio de que la naturaleza puede sanar cuando hay voluntad y compromiso. Este no es solo un hecho ambiental: es un triunfo de la conciencia humana, del respeto por la vida y de la colaboración entre comunidades y gobiernos.
La decisión de la comunidad de Santa Catarina de Tepehuanes de abrir sus tierras a los lobos muestra que la conservación también es un asunto de gente, de territorio y de legado. Recuperar a esta especie emblemática significa devolver equilibrio a un ecosistema que la había perdido y recordar que cada acción de cuidado cuenta.
El aullido del lobo mexicano ya no es solo un eco del pasado: es un símbolo de esperanza y responsabilidad para todos.
