Ayer vimos a unas Fuerzas Armadas —Guardia Nacional incluida— en todo su esplendor y fortaleza. Algo parecido a un Triunfo romano sin emperador a la cabeza, ni esclavos ni botín de guerra, pero sí haciendo alarde de su fuerza y equipamiento, y embelesando a su paso redoblado al pueblo.

Para muchos fue motivo de orgullo y preocupación.

Orgullo por ver a nuestras Fuerzas Nacionales en gallardía y honor, y no siendo pateadas por el crimen organizado, apedreadas por poblaciones cooptadas por él, huyendo de facinerosos persiguiéndolas en sus carros artillados, paralizadas en rabia ante tomadores impunes de casetas de peaje o asaltantes periódicos de cuarteles militares, o haciendo el ridículo ante un hijo de narco con el poder de su celular.

En fin, unas Fuerzas Armadas en su papel de defensoras de la Nación y no en su modo “abrazos para allá y balazos para acá”.

Preocupación, porque tal alarde de fuerza sea para mostrase a quienes atentan contra México y sus instituciones, y no contra las libertades y derechos de los ciudadanos consagrados todavía en la Constitución… lo que de ella queda.

No deja de ser, al menos, dudoso, que a estas Fuerzas Armadas se les rinda hoy tanta pleitesía desde el poder y a las de hace apenas cuatro años se les tache de genocidas, espurias y deshonrosas —hasta se les quiera cargar Ayotzinapa al tiempo que se libera a Abarca— cuando son las mismas.

En otras palabras, México no nació en el 2018 y el cariño, respeto y confianza de los mexicanos a sus Fuerzas Armadas es de vieja raigambre y deseamos que así siga siendo.

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