La creación como obra del hombre implica una nueva concepción de la vida y de sus oficios, solía decir Emilio Uranga distinguiendo la creación artística del periodismo: el artista, dice “se retira de la vida para reinventar otra”, “sus hijos son hijos del silencio” de lo incomunicable. Para él, siguiendo a Proust, el periodismo y la crítica, serían la vida misma, su pulso, que agota su razón de ser al vivirse, en tanto que el artista requiere “la evasión de la vida para alcanzar una trascendencia que se le puede bautizar como se quiera: vida recobrada, reinventada, mundo de las ideas platónicas, realismo sicológico, nombres, en vez de palabras”.
El periodista se lanza a la vida sin salvavidas para comunicarla, el artista sueña otra vida; el primero abraza la realidad, el segundo persigue la magia. Uno expresa, el otro comunica: la noche, el cosmos, el bosque expresan, dice Uranga, sus angustias o serenidad, pero no comunican, no se vierten, porque la comunicación “por señales o por el lenguaje, es otra cosa muy distinta a la pura expresión que no exige el sacrificio de lo indecible en beneficio de lo que no todos entienden y entienden como todos”, porque el arte es una simbiosis donde se comunican y funden los afanes del artista con los del espectador; cuando el arte deja de conmover para ser solamente un valor más en el mercado, deja de ser arte. Borges hablaba de un concierto de circunstancias, donde la del artista circunstancialmente le dice algo a la circunstancia de alguien más y, el libro, la pintura o la música dejan de ser entonces objetos y sonidos y se convierten en hechos estéticos.
Lo anterior nos lleva a la distinción entre la vida y la obra, la vida del creador y la de su creación. Si aceptamos que el creador crea algo nuevo y diverso a él, la obra tiene derecho a tener vida propia y el creador no puede ejercer sobre ella patria potestad ni tutela algunas.
Y así llegamos a la Opera Bufa del miserable Marx Arriaga, quien se dice padre de la nueva escuela mexicana, de los libros de texto, de la virginidad del humanismo del obradorato y guardián de su suerte, nadie puede atentar contra su virginal concepción y para eso Marx guarda su entrada de todo mal. Su tragedia chapotea en el ridículo y en la desmesura, su épica es cómica y sus desplantes de una cursilería emética.
Bien podrá ser el papá de los pollitos, pero no es ellos, como su vida tampoco, aunque tal vez él y ella hayan condenado desde su nacimiento a su obra a la perdición. Lo que el sujeto no quiere es que sus hijos se enfrenten solos a la vida y logren sobrevivir por sí solos, no por él ni con él, cual si atornillándose al sillón de su reino burocrático exorcizase de todo acaecer y vida propia a sus impresentables libros.
Necesario es aclarar que no comparo los productos del señor Arriaga con el arte ni la creación, son hijos de la descomposición generalizada nacional y de la locura hecha gobierno, no son resultado de un acto creativo, son entropias de una demencia destructora, como el Tren Maya, el Transoceánico, el AIFA, la refinería de Dos Bocas, la Megafarmacia, la inseguridad.
Finalmente, la formación magisterial de Don Marx lo lleva a considerar a su relación laboral como conquista sindical y se aferra a su dirección general cual plaza de maestro, incluso heredable. Se equivoca, y quizás esta lección que la vida le otorga valga más por sí sola que todos los mamotretos que hoy extravían la educación de los infantes mexicanos.
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