Por: Redacción SAMANOTICIAS
La política mexicana atraviesa un fenómeno de inversión térmica. Aquellas maquinarias que alguna vez decidieron el destino de la nación, el PRI y el PAN, han completado su metamorfosis: hoy no son más que los nuevos partidos chicos. Su reducción no es solo cuantitativa —en votos o escaños— sino, lo que es peor, cualitativa. Su presencia en la arena pública se ha vuelto puramente testimonial.
Una Sombra en la Tribuna
Ya no importa qué digan, en qué comisión se sienten o qué banderas intenten ondear. El peso de su palabra se ha diluido en una irrelevancia sistemática. Cuando el PRI habla, se escucha el eco de una nostalgia institucional que ya no conecta con nadie; cuando el PAN lo hace, parece un grito atrapado en un vacío ideológico. Se han convertido en invitados de piedra en un guion que ya no escriben ellos.
La Pérdida del Estilo Propio
Lo más grave de esta degradación no es la derrota, sino la pérdida de identidad. Antaño, podíamos identificar la mística del “voto duro” priista o la doctrina humanista y empresarial del panismo. Hoy, esa distinción se ha borrado. No tienen estilo propio; se limitan a reaccionar, a seguir la agenda que les dictan desde el poder o, peor aún, a mimetizarse en coaliciones donde sus principios terminan siendo moneda de cambio.
Su actuación legislativa y discursiva carece de esa “firma” que los hacía instituciones. Ahora, su estrategia parece reducirse a la supervivencia, comportándose como esos partidos satélites que tanto criticaron en el pasado: buscando las migajas de una representatividad que ya no pueden ganar por mérito propio.
El Riesgo de la Irlevancia
Durango y el resto del país observan este espectáculo con una mezcla de cinismo y apatía. Una oposición que no propone y que solo existe para dar fe de que “estuvo ahí” no le sirve a la democracia. Si el PRI y el PAN no logran recuperar una voz auténtica y diferenciada, seguirán el camino de los partidos de registro condicionado: nombres en una boleta que el ciudadano tacha más por inercia que por convicción.
El tiempo de los gigantes ha terminado. Bienvenidos a la era de los nuevos partidos chicos, donde el pasado glorioso no alcanza para cubrir la desnudez de un presente sin ideas.
