nota-6112907966605.00_00_00_01.Imagen fija002

Toda religión es una capilla cerrada a fuego y sangre, exclusiva, celosa y exigente. Fuera de ella habita el caos o el infierno, quien vea o se adentre más allá de sus paredes merece el peor de los castigos: la expulsión a la nada.

Así son y así funcionan, porque tratan de la fe y de Dios, de cosas de otro mundo, de otra vida, del más allá.

El laicismo no aspira a tanto; no es cosa de divinidades, es de simples hombres de carne y hueso, y tampoco es algo metafísico, es de aquí y ahora, a nuestra escala y entender. Y por eso, por ser relativo a los hombres, toca lo plural, cambiante, cuestionable y opinable. En ello no hay verdades eternas: las verdades son hasta que dejan de serlo. Son, sí, en el tiempo; en el devenir cambiante.

De allí que las cosas del César sean del César y las de Dios de otro mundo.

Bueno, así lo eran hasta la 4T. Que antes de cargarse la Estatua de la Libertad y después del NAIM y los fideicomisos, se cargó el laicismo y el tiempo.

Hoy los tiempos no son de los hombres, son del Señor y son ¡perfectos!

Buen, ¡hasta la hora es de Dios! Al menos eso dijo Santo Tomas Alcocer: regresamos al “<strong>reloj de Dios</strong>”.

¡Claro, sólo en México y en huso horario del Centro!, fuera de este divino tiempo brillan las tinieblas y relojes satánicos.

¡Ése, señoras y señores, es el científico que tiene en sus manos nuestra salud!

¡Reloj de Dios! ¡Pobre Dios!, ahora hasta reloj tiene que usar.

No tiene poque saberlo Santo Tomas Alcocer, pero ya San Agustín había dicho que <strong>Dios no creó al hombre en el tiempo, sino con el tiempo</strong>. Porque Dios no es en el tiempo y menos tiene reloj.

Por más que busque Santo Tomas Alcocer, no encontrará ante de Adán un calendario, ni reloj de sol.

El tiempo es una <strong>medida finita</strong>, marca algo medible que tiene principio y fin. Dios es eterno, infinito, ¡para qué habría de necesitar medir el tiempo!, si no es en él. ¿Cómo se mide lo finito en el infinito? ¿Dónde se encuentra, cómo se contiene?

Medimos el tiempo los humanos porque es el grillete que cargamos al cuello desde que nacemos: la hora de nuestra muerte.

El reloj de Santo Tomas Alcocer es el ombligo donde la 4T guarda su comprensión del universo y le sobra aún un infinito de espacio para otras chucherías.

Lo bueno es que, <strong>si Dios no tiene reloj, ni tiempo; la 4T sí</strong>. Con todo y su reloj de Dios.

¡Alabado sea Dios!, hubiera gritado el propio Nietzsche.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *