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Por: JUAN JOSÉ SALAS MANCINAS

Durango atraviesa un momento crítico donde la narrativa oficial choca de frente con la cruda realidad de sus calles, sus comercios y sus hogares. Este martes no fue la excepción; la jornada estuvo marcada por una combinación de factores que evidencian un estado vulnerable en sus tres capas más sensibles: la economía productiva, el suministro básico de supervivencia y la paz social.

El fantasma del “cobro de piso” ya tiene asiento empresarial

La enérgica postura de la Coparmex a nivel nacional resonó con fuerza en el eco local. Que la iniciativa privada rompa el silencio y exija un asiento en las mesas de seguridad para frenar las extorsiones y los cobros criminales por “protección” es el síntoma inequívoco de una enfermedad que ya echó raíces en el sector productivo. Cuando el empresario ya no solo se preocupa por la inflación o la carga fiscal, sino por la cuota ilegal para operar, el estado de derecho entra en terapia intensiva. Durango no es una isla; el temor es real y el silencio institucional ya no es opción para quienes arriesgan su capital.

Radiografía Urbana: La sed del interior del estado

Mientras el sector económico enciende alarmas, la crisis de servicios públicos básicos exhibe el abandono estructural en el interior de la entidad. Las comunidades de municipios como Cuencamé y Pueblo Nuevo hoy padecen los estragos más severos del estiaje. Sin embargo, culpar exclusivamente a la naturaleza es un acto de cinismo político: la escasez de agua es el resultado directo de años de negligencia en infraestructura hidráulica, redes de distribución obsoletas y nula planeación para el almacenamiento. La sequía solo vino a desnudar las carencias de gestiones que prefirieron el relumbrón antes que garantizar el líquido vital en la llave de los ciudadanos.

Tensión social: El termómetro de la zozobra

Para colmo de males, la percepción de inseguridad se alimenta diariamente desde flancos que tocan las fibras más sensibles de la comunidad. Las recurrentes amenazas de violencia en los entornos escolares —donde se gesta el futuro de la entidad—, sumadas al lacerante registro de feminicidios y a los accidentes viales de consecuencias fatales, mantienen a la sociedad duranguense en un estado de alerta y zozobra constante.

La realidad que hoy se vive en Durango no se puede maquillar con boletines de prensa ni con discursos triunfalistas. Entre la presión económica a los comerciantes, los grifos secos en los municipios y el miedo latente en la convivencia diaria, las autoridades locales se enfrentan a una aduana impostergable: o se toman medidas de fondo con inteligencia y rigor, o la sombra de la crisis terminará por devorar la gobernabilidad del estado.

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