POR: JUAN JOSÉ SALAS MANCINAS.
En las calles de Durango, el termómetro social no miente: el dinero ha dejado de circular. Lo que antes era un bullicio comercial constante, hoy se ha transformado en un silencio inquietante que recorre desde los restaurantes del centro hasta los talleres de barrio. No es solo una percepción; es una realidad que asfixia a quienes, día a día, sostienen la economía local.
Los comerciantes —esos valientes que levantan la cortina cada mañana— me lo dicen con crudeza: las cajas registradoras están vacías. La falta de circulante ha roto la cadena de consumo. Hoy, el ciudadano promedio prioriza la subsistencia básica y relega los servicios y el esparcimiento a un segundo plano. La consecuencia es una parálisis que no solo golpea las ventas, sino que erosiona la confianza.
A esto se suma una preocupante falta de obra pública relevante que actúe como motor económico. Mientras la infraestructura se detiene, el dinero se estanca. Algunos sectores del poder insisten en discursos de estabilidad, pero la realidad en la calle es otra: un estancamiento que pone al borde del abismo a cientos de pequeñas y medianas empresas.
¿Hasta cuándo aguantarán los negocios? La respuesta la tienen las autoridades. Durango necesita con urgencia estímulos que reactiven el flujo de efectivo y proyectos que inyecten dinamismo a nuestro mercado interno. No podemos permitir que nuestro estado se convierta en una economía de “espectadores”, donde la falta de liquidez termine por asfixiar el esfuerzo de nuestra gente.
Es momento de pasar de las palabras a los hechos. Los duranguenses no necesitan promesas de papel; necesitan ver movimiento, inversión y, sobre todo, que el dinero vuelva a circular por donde siempre debió estar: en nuestras calles y en los bolsillos de quienes trabajan por un Durango mejor.
